The Ultimate Mean Girl

A lo largo de mi vida, he identificado personas específicas a quienes no quiero defraudar o incomodar con mis acciones o preferencias. Valoro demasiado la opinión de estas personas, especialmente la opinión que creo que pudieran tener sobre mí. Me encuentro constantemente editándome y filtrándome al rededor de ellas. Muchas veces me he desvelado a las 2 de la mañana pensando si dije algo que las ofendiera y si no me responden un mensaje en un par de horas, doy por sentado que nunca más me volverán a hablar. And I’m not proud of this.

Esas personas han cambiado según la etapa en que me encuentre, pero siempre han tenido un perfil similar en mi cabeza y su existencia me ha generado un nivel de intimidación al punto de cohibirme de hacer cosas por temor a su juicio. Son personas reales de mi vida, personas importantes con quienes se supone que tengo o he tenido una buena relación, y quienes han acabado ocupando un rol simbólico en particular, pudiera decirse que de “jueza”, una Regina George de la vida.

No he identificado a estas personas de forma arbitraria. Lo he hecho posterior a intercambios reales que sentí como despectivos, comentarios que interpreté como burla o falta de sensibilidad hacia quien yo era en ese momento. No siempre ha sido una figura completamente abstracta o inventada por mí. Son y han sido mujeres que han formado parte de etapas importantes de mi vida y con quienes he construido un vínculo que tal vez habla más de mi identidad y mi auto percepción que de mi relación con ellas.

Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que esos momentos específicos no explicaban por completo el peso emocional que esa figura llegaba a tener en mi vida. Lo que hacía que creciera no era solo lo que ocurría afuera, sino la interpretación interna que yo construía alrededor de ello.

Evidence of current Vic also known as homebody Vic.

Por años he resentido a “las juezas” y he fantaseado con cómo sería mi vida si ellas no formaran parte de ella. He imaginado la de cosas que podría hacer, y cuando me frustro por no estar logrando nada de lo que sueño, pienso en ellas y las hago responsables. Verlas de esa forma me ha llevado a apartarme de ellas y hacer lo posible por no coincidir. La mera idea de compartir con ellas me coloca en un estado de ansiedad terrible donde me permito una serie de pensamientos catastróficos (emocionalmente hablando). Y encima de eso me siento culpable por pensar así de ellas, porque las considero personas queridas o cercanas.

No puedo odiarlas o sacarlas de mi vida con indiferencia, pero muy dentro de mí existe esa espinita que me hace mantenerme hypervigilant en lo que a ellas respecta.

Siempre que quiero hacer o no hacer ciertas cosas, la cara de “la jueza” del momento aparece de inmediato haciéndome desistir. Aún cuando más animada he estado, la existencia de ella me hace cuestionarlo todo y decidir dejar las cosas como están. Porque imagínate… si ella me ve haciendo eso… se burlará, hablará mal de mí, me cuestionará, dejará de quererme, me pedirá explicaciones que no sé si podré dar, se enojará conmigo, me verá como a una ridícula que no sabe lo que está haciendo. Y, hasta donde sé, nadie quisiera ser percibido de esa forma.

Por eso siempre elijo permanecer en el mismo lugar. Porque eso es más fácil que considerar la idea de “defraudar” a “la jueza”, de no lograr que ella entienda y apruebe lo que hago y lo que soy. (Eso gracias a una necesidad perpetua e irracional de sentirme validada, aprobada y acogida en los entornos en que me encuentro. Pero ese es tema para otro día.)

En momentos puntuales de mi vida, una de las integrantes de mi grupo de amigas de la escuela ha ocupado el lugar de “la jueza”.  Ella no me lo pidió. Por alguna razón yo misma le asigné el rol y ante cualquier incomodidad que yo sintiera dentro de ese espacio, me hacía bien pensar que ella era el problema. Que sus comentarios, sus opiniones o la forma en que interpretaba mis decisiones eran la razón por la que me sentía tan observada, tan cuestionada, tan incapaz de ser yo misma.

Su cara aparecía en mi mente cada vez que quería hacer algo distinto, cambiar de opinión, probar algo nuevo o simplemente ser quien era, incluso en cosas que nada tenían que ver con nuestra amistad ni con el grupo. La imaginaba juzgándome, burlándose, cuestionándome o señalando mis contradicciones. Y como resultado, terminé construyendo una narrativa donde ella era uno de los obstáculos entre mi vida y la versión de mí que quería llegar a ser con libertad y sin sentir culpa.

Solía decirme a mí misma que ella, por alguna razón desconocida, seguía aferrada a una versión de mí que ya no existía y por eso le costaba respetar a la persona en la que me había ido convirtiendo con el paso del tiempo. Al menos esa era la historia que me contaba para sentirme menos mal.

Por eso, desde hace muchos años me he apartado emocional y físicamente de ese grupo de amigas. La persona que fui se fue borrando poco a poco y, con ella, también desaparecieron muchas de las cosas que definían mi lugar dentro del grupo. Dejé de ser la más extrovertida. Dejé de ser el alma de la fiesta. Dejé de encontrar atractivas muchas de las actividades que antes disfrutaba. Y me sentí culpable por eso. No quería ser la fuerza disruptiva que acabara con la imagen glorificada de “20+ años de amistad” de la que solemos presumir ante las demás personas.

Algo cambió hace poco cuando decidí no participar de un viaje de amigas para conocer a la bebé de una de ellas. Cuando surgieron los planes, mi primera reacción fue no querer ir, no porque no quisiera compartir con ellas sino porque me daba ansiedad la idea de separarme de mi espacio seguro y porque no quería pedirle dinero a mi esposo (en ese momento yo estaba desempleada) para un viaje de amigas cuando él ni siquiera se había tomado vacaciones. Sin embargo, dije que sí porque pensé que sería menos duro que dar explicaciones y aguantar burlas. Y porque ¿qué clase de amiga sería si no participaba? ¿Qué clase de mujer no se muere por hacer un viaje de amigas? ¿Qué clase de ser humano no querría abrazar a una amiga que se acaba de convertir en mamá?

Pero siempre supe que no quería ir, y posiblemente mis amigas también lo sabían.

A medida se acercó la fecha del viaje entré en pánico. Lloraba todos los días… por ansiedad, por culpa, por vergüenza. Y acabé cancelando luego de pensarlo durante días. No me atreví anunciarlo abiertamente en el chat del grupo, pero sí le dije individualmente a algunas de ellas, menos a “la jueza”, por su puesto. Recibí comprensión y respeto. Me sentí aliviada a pesar de que muy adentro presentía que el tema de mi cancelación sería objeto de burlas o cuestionamientos en algún momento.

Evidence of Festive Vic.

Un par de días antes del viaje, se hizo un chiste en el chat del grupo que de inmediato se sintió personal, se sintió un ataque… la burla que llevaba semanas esperando. Me incomodó mucho. Sentí rabia porque el chiste de cierta forma validó lo que llevaba tiempo pensando: aquí no me toman en serio, no me respetan, no aceptan la persona que soy hoy. Al día siguiente, cuando mis emociones se calmaron, escribí un mensaje dejándoles saber mi incomodidad y, de cierta forma, admitiendo abiertamente que estaba consciente de no ser la misma de antes. Reiteré mi cariño y mi respeto hacia ellas, así como mi emoción por el viaje que estarían haciendo aunque yo no fuera a participar.

La respuesta pareció genuina y cariñosa: “el chiste no fue por mí”. Sin embargo todo eso había despertado cosas. Nunca sabré si, en efecto, el chiste no fue por mí. Pero estoy segurísima de que esto tenía que pasar para finalmente enfrentarme a cosas que por años me habían perturbado, para asomarme al espejo en que insistentemente me negaba a mirarme.

Lo que no sabía en ese momento era que el viaje nunca sería el tema principal de esta historia.

El viaje fue simplemente el escenario, el puente. La verdadera historia era la de una mujer adulta que seguía otorgándole a ciertas personas una autoridad emocional que nunca les había correspondido y que ellas nunca me habían pedido tener. La cancelación del viaje terminó exponiendo ese mecanismo de una forma que ya no pude ignorar. Me obligó a aceptar que el problema real era (o es) que yo necesitaba que alguien me diera permiso para ser quien era.

Pero,  ¿me estaba dando permiso yo?

Si soy honesta, muchas veces fui yo quien se llamó aburrida a sí misma. Fui yo quien se juzgó por no querer salir de fiesta. Fui yo quien cuestionó sus gustos. Fui yo quien buscó explicaciones para justificar una forma de ser que simplemente no coincidía con lo que consideraba “normal”.

Mientras tanto, proyectaba todo ese conflicto hacia afuera. Era más fácil pensar que alguien más me estaba rechazando que admitir que yo misma llevaba años haciéndolo.

Por mucho tiempo he sido incapaz de confiar en mis propias decisiones, he necesitado de forma irracional aprobación externa para existir sin culpa, convirtiendo mi percepción sobre la opinión de otras personas en una sentencia sobre mi valor.

Creía que el problema era una persona, “la jueza”. Que mi incomodidad nacía de los comentarios de alguien más, de sus opiniones o de la forma en que yo creía que esa persona interpretaba mis decisiones. Y quizás, en ocasiones, algunas de esas cosas tuvieron un impacto real sobre mí.

Pero el poder que llegaron a tener nunca fue suyo. Fue mío. Fui yo quien convirtió su opinión y sus reacciones en una autoridad. Fui yo quien asumió que necesitaba su aprobación para vivir en paz. Fui yo quien confundió la dificultad de aceptarme con la idea de que eran otros quienes no me aceptaban.

Muchas de las cualidades que atribuía a esa figura externa también eran partes de mí que yo misma había jerarquizado. Había versiones de mí que yo consideraba más válidas, más seguras o más “correctas” que la versión que estaba siendo en ese momento.

En ese sentido, esa figura no solo representaba a “alguien más”, sino también una especie de ideal interno que yo sentía que no estaba alcanzando. Y al compararme con esa versión idealizada, mi presente siempre quedaba en desventaja.

No sé si alguna vez dejaré de sentirme intimidada por ciertas personas. Tampoco sé si dejaré de buscar aprobación por completo. Lo que sí sé es que, por primera vez, sospecho que la batalla nunca estuvo donde yo creía.

Porque la figura que más me limitó no fue necesariamente la que se burlaba, cuestionaba o juzgaba. Fue la que aprendió a hacer todas esas cosas desde dentro. Esa que me acompaña a todas partes.

Es posible que the ultimate Regina George nunca haya sido una amiga, ni una prima, ni una cuñada, ni una compañera de trabajo, ni una extraña del internet.

Tal vez siempre he sido yo.

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