Segunda temporada
Ayer visité la oficina por primera vez en seis meses, luego de haber renunciado creyendo que ese sería el fin de una etapa sin vuelta atrás. A pesar de que me llevé buenos recuerdos de mi primera temporada con ellos, también experimenté cosas que nadie merece pasar en ningún trabajo, cosas que no fueron necesariamente demandables ni denunciables, pero que afectaron mi forma de trabajar y mi seguridad emocional dentro de la empresa. Otra persona tal vez lo hubiese manejado distinto, pero yo no puedo seguir ignorando partes de mí que quizás no son como “se supone” o como el mundo pudiera esperar.
De camino me sentí muy nerviosa. Estaba confiada de que todo el mundo se alegraría de verme y me recibirían con mucho cariño, pero aún así sentí nervios. Quizás es parte de todo este proceso de comenzar de nuevo, de entrar en un nuevo rol con otras responsabilidades. Me daba un poco de miedo ese primer contacto visual. Sabía que duraría un par de segundos, pero aún así me generaba ansiedad.
La acogida fue tal como la había imaginado: mucho cariño y emoción de tenerme de vuelta, y estoy muy agradecida por eso. Mis nervios no tenían nada que ver con los demás, sino con mi propia vergüenza de sentir que estoy regresando a un espacio donde hace seis meses no quería estar. Como si volviera con el rabo entre las patas después de haberme ido como el Chavo con su bolsito cuando se fue de la vecindad. Como si ingresar a ese espacio fuera un walk of shame, símbolo de mi propio fracaso al no ser capaz de darle forma a la idea de negocio que tenía.
Renuncié a eso sin haberme dado siquiera la oportunidad de dar un paso, y este nuevo trabajo me lo recuerda. Sé que esa renuncia no tiene por qué ser eterna. Mi renuncia a esta empresa no lo fue. Tal vez puedo retomar mi proyecto más adelante. Tal vez esta nueva experiencia me va a brindar las destrezas y la actitud que necesito para crear otras cosas que me encaminen hacia la vida que he imaginado estos últimos años.
Estos robles, por dios!!!!