Noviecita Profesional

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Este año los robles amarillos andan en huelga. Cada ramilletito que veo merece que me detenga a mirarlo y a retratarlo en caso de que el próximo año no los vea más.

Ayer me traje el resto de los álbumes de fotos de casa de Mami para mi proyecto de digitalización y organización. Entre las fotos de mi infancia que estuve viendo esta mañana, estaban las que salgo de noviecita en distintas bodas, con el mismo trajecito en todas. Desde que me arrastraba y solo se veía la punta de los zapatitos blancos en charol, hasta que me quedó como putifalda. Qué tiempos aquellos donde repetir la ropa y los outfits no generaba culpa ni vergüenza.

Algunas de las bodas en las que salí de niña no eran ni siquiera de familiares cercanos. No me imagino invitando a una niña “random” o a la hija de la hija de la vecina a ser parte del séquito de mi boda. Pero allá cada quien. Yo de niña fui muy hermosa, sociable, simpática, atrevida y extrovertida. Tal vez por eso me consideraban. Nadie quiere a una niña asustada, llorosa u obligada en las fotos de su happily every after.

En una de las fotos salgo sonriendo de forma tan graciosa tipo “aquí vamos de nuevo, esto es lo mío”. Cualquiera diría que ese era mi side gig y que Mami me anunciaba en el periódico local: “Noviecita profesional disponible para su boda, contáctenos para una cotización.”

Estoy segura que esa niña dispuesta a vivirse con gracia y personalidad su rol de “noviecita” en bodas ajenas no tenía idea de la mujer insegura y ansiosa en la que se convertiría. A las dos las abrazo hoy.

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